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domingo, 17 de febrero de 2008

Túneles

Empujó la puerta con dificultad. La puerta cedió a la fuerza que la empujaba. Se abrió y dejó al descubierto las escaleras que llevaban hacia abajo. Él miró alrededor, analizando el lugar. No había nadie más, excepto él. Dudó por un momento, pero luego se dijo que no había nada que perder y mucho que ganar, si se atrevía a bajar. ¿Qué podía pasarle? ¿Por qué sentía tanto miedo?

Cuando era niño, corría siempre libremente por la hierba del parque, cuando encontraba un pasaje secreto, lo invadía con ansiedad y alegría, jamás sentía miedo en esas excursiones subterráneas; muy por el contrario, era excitante recorrer pasadizos y descubrir la salida más adelante. Si no había salida, igualmente era fantástico porque al final, había que regresar por el camino ya recorrido y eso era todo. ¿Cuándo había comenzado ese miedo a descender a las entrañas de un parque, de una casa…?

Traspasó el umbral de la puerta que pesaba tanto o más que sus propios miedos. Aún había luz que se filtraba por aquellas paredes de cristal. La puerta cerró automáticamente detrás de él. Caminó con pasos inseguros el trecho hacia las escaleras. Una vez allí, se detuvo. ¿Se atrevería a descender por las escaleras hasta encontrarse con la oscuridad más abajo? Se dio cuenta que su corazón latía aceleradamente. Se detuvo al pie de la escalera. Se giró y observó nuevamente la puerta de cristal y la luz. Podría regresar y seguir en la superficie y todo seguiría igual, sin miedos. Volvió a girarse y a observar las escaleras que lo llevarían por debajo de la superficie, colocó el pie derecho en el primer escalón y comenzó el descenso: uno, dos, tres… diez y la luz comenzaba a quedar atrás. Abajo había luz artificial, suave, agradable, pero su respiración perdía el ritmo y su corazón estaba desbocado.

Recordó su infancia, aquellos tiempos en los que recorría con alegría y risas, los túneles del parque y de pronto lo recordó. Había llovido mucho aquellos días y la tierra estaba muy húmeda. De pronto, llegó al final del túnel que exploraba ese día y se dio cuenta que debía regresar y cuando lo intentaba, vió venir aquella corriente de agua, que lo llenaba todo… ¡Dios moriría ese día! Su corazón se desbocó…

Se detuvo en el escalón doce, le faltaban sólo tres escalones más para llegar al interior de aquella entrada con puertas de vidrio transparente. Sintió nuevamente el miedo y las sienes le latían, su respiración era entrecortada; regresó sobre sus pasos. Al llegar nuevamente a la puerta, se detuvo para recuperar el aliento. Alguien le preguntó si se encontraba bien. Se giró y observó a un vigilante del Metro. Si todo estaba bien, sólo se había equivocado de entrada. Salió por la puerta de la Estación del Metro y entendió que otra vez, el pánico lo había vencido.

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