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domingo, 6 de julio de 2008

El Vagón

Subió rápidamente al vagón y respiró hondo. Se recostó a un lado de la puerta de entrada. Había puestos vacíos, pero él sabía que no los necesitaría. Prefería esperar de pie. Estaba muy delgado. La piel y el hueso, como diría su madre. Se quedó silencioso observando la gente que estaba ya dentro del vagón, la que salía y la que entraba. Había gente de todo tipo: hombres y mujeres de negocio que hastiados regresaban acalorados de sus oficinas; madres con sus niños, jóvenes con maletas, algunos (muy pocos) vestidos elegantemente, otros de verano, pero todos lucían bien, muy bien; al menos se veían limpios.

Él espero, recostado a un lado de la puerta del vagón. Intentaba respirar suavemente, tratando de calmarse. Sus ropas estaban sumamente sucias, casi diría que llena de tierra. Sabía que su aspecto era lamentable. La pobreza y la necesidad respiraban en su piel como plaga pegada a su cuerpo, era parte de él y ya no recordaba desde cuándo. Pensó en sus hijos, en su mujer, en su vida en general… ¿Cómo se podía pensar tan rápido? ¿Cómo podían pasar por su mente tantas imágenes y estar al mismo tiempo a la espera de un momento importante? Observó los asientos. Muy pocos estaban vacíos. Observó la gente nuevamente y respiró hondo. Sintió el aire caliente inundar sus pulmones y caminar a través de sus narinas. Se oyó un pitido y las puertas del tren comenzaron a cerrarse.

De pronto, el tren se puso en marcha. Él se despegó del lugar donde estaba y caminó hacia el principio del vagón. Respiró profundo y entonó su hermosa voz: “Disculpen damas y caballeros que los importune…” Observó a las personas. Era increible. Siempre le sucedía lo mismo, pero no dejaba de asombrarse como el primer día, como la primera vez que lo hizo. Nadie despegaba los ojos del libro o del periódico o de la ventana, de dónde sea que tuviesen los ojos clavados. Él no sabía, como de costumbre, cómo interpretarlo. No sabía si era desprecio, incomodidad o simplemente que a nadie le importaba. “Estoy acá en este momento, solicitando su atención y su generosa ayuda. Soy un padre de familia que está en el paro y necesito lo que uds me puedan dar para ayuda de mis hijos”. Sólo se escuchaba el run-run del tren y el agitado movimiento de algunos abánicos que intentaban borrar las palabras que quedaron suspendidas en el aire. “Muchas gracias”.

A continuación el comenzó a pasearse por el pasillo del vagón a fin de recolectar algo de lo que pudieran darle. Uno que otro hizo algún ademán que interpretó como “no tengo nada”, o quizás, “no me molestes”. Siguió su camino tambaleando entre el mareo del hambre y el movimiento del tren. Llegó al final del pasillo con veinte céntimos en la mano izquierda. Con la mano derecha, abrió la puerta que comunicaba los vagones. La vergüenza siempre lo sorprendía en esos momentos y sentía como su fantasma, lo perseguía con sorna tras su figura que abandonaba la tarima en la que había mostrado el drama de su vida. ¿Qué pensarían esas gentes? Ellos regresaban a casa luego de un día de trabajo, él continuaba “trabajando”, buscando el sustento para los suyos. Al final todos eran iguales; al final todos llegaban a casa y al sentarse alrededor de la mesa para cenar, hablarían de lo difícil que había sido el día, lo mucho que les había costado convencer a alguien para su proyecto. ¿Cuál era su proyecto? Sus hijos lo miraban con la misma admiración que los hijos de los ejecutivos a sus padres, pero él sabía que valía poco, muy poco.

Cuando hubo salido del vagón, en aquel espacio ínfimo entre los vagones, sintió la sangre latirle en la sien. Miró su mano izquierda y sintió una profunda punzada en el corazón. Introdujo su mano en el bolsillo y dejo caer la moneda de veinte céntimos y con ella, la vergüenza, la rabia y hasta la tristeza. Como un actor antes de entrar a escena, se concentró nuevamente para su próximo acto. No quiso pensar en cuándo comenzó todo esto, ni cuándo terminaría, mucho menos en el cómo. Se introdujo en el nuevo vagón y rehizo nuevamente el acto.

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