Cuando miré las ventanas, supe que esa casa me gustaría. Había algo hermoso entre el arreglo de las mismas y sus colores pasteles, con rebordes blancos. Había muchas ventanas que me hablaban de luz y color, de naturaleza que se colaba hacia la casa a través de esos ojos que miraban al exterior.
Entré a la casa y me impactó tanta amplitud. Me gustó aquella casa y decidí que ese era el sitio perfecto para establecer mi hogar. Hice las diligencias pertinentes y la hice mía.
Fue un día lleno de emociones y me sentía radiante y feliz. Poco a poco, fui colocando todo en los lugares perfectos. Aquella casa llegó a parecerme mágica: ¡todo se adaptaba de forma increíble! Casi diría que era parte de mí. Me identifiqué tanto con aquella casa, que comencé a percibir cada detalle, cada crujido, como si fuese mi propio corazón y mi propia piel.
Cuando dormía, me convertía en aquella casa y percibía cada habitante anterior como trajes que me hubiese puesto durante diferentes épocas. Me despertaba sofocado, angustiado y me tranquilizaba una vez que descubría que sólo había sido un sueño. Llegó un punto en el que no salía de aquella casa. El calor me ahogaba en verano y no importaba si conectaba el aire acondicionado, pues sentía el calor en mi piel. En invierno, el frío calaba a través de mi vestimenta a pesar de la calefacción interior.
Una noche me dí cuenta que me había convertido en aquella casa. Ya no comía, ni bebía. Era simplemente aquella casa. Atrapado en paredes y techo, con vigas, con cables, con puertas cerradas. Cuando llegaba alguien y tocaba el timbre, sentía el sonido en mi interior y nadie salía a abrir la puerta. ¡Aquella casa era yo, había pasado a ser yo! Quería moverme y no podía. Quería hablar y no sabía cómo hacerlo.
Un buen día, sentí que me sacudían. ¿Un terremoto? ¿Qué era aquello? No me atrevía abrir los ojos. ¡Hacía tanto tiempo que me había resignado a ser aquella casa! Ya no valía la pena resistirme. Sin embargo, escuché mi nombre. Me dije que valía la pena intentarlo. Abrí los ojos. Ví una enfermera. Me miraba con curiosidad. Me explicó que había estado en coma durante mucho tiempo. Mi casa se había derrumbado por un sismo y casi había perecido bajo los escombros.
Traté de explicarle que no me encontraba bajo los escombros, que los escombros era yo, que yo era la casa. No me salió la voz. No pude emitir ningún sonido. Ella me pidió que me calmara, que ya todo estaba bien. Cerré los ojos y sentí que las lágrimas resbalaban por mis mejillas. ¡Dios, nadie me creería! Decidí guardar silencio y esperar que los acontecimientos se sucedieran y pudiera salir de ahí con vida.
De pronto me asaltaron las dudas. ¿Estaba vivo? Me invadió el pánico. Me quedé con los ojos cerrados. De ahí en adelante, me hablaban y no respondía, dejaba los ojos cerrados y me quedaba en silencio. Llegó un punto que el silencio exterior comenzó a preocuparme, así que decidí abrir los ojos. Me sorprendí, pues ya no estaba en el hospital. Me encontraba nuevamente en casa, pero era yo, ya no la casa. Me sentí liberado. Me fui al ordenador y decidí escribir la historia. Algo me preocupa: ¡el gran silencio exterior! He intentado salir de casa pero no encuentro puertas para escapar de ella; he dado vueltas sin cesar y desistido de seguir intentándolo. Creo que soy un huésped permanente de esta hermosa casa. Si estoy muerto o vivo, no lo sé. Mi esperanza es que si alguien lee esta reseña, venga a ocupar mi lugar y así liberarme.
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