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viernes, 25 de enero de 2008

Ella decidió...

Se acabó la conversación y ella miró hacia la ventana… ¿Qué haría? Todo parecía concluido. La luz se fue perdiendo en el horizonte y ante sus ojos, aquel resplandor era un maravilloso color naranja. Todo finalizó sin llegar a entender qué había ocurrido.

Había comenzado amarlo en un hermoso día de primavera. Se había enganchado a su vida, le había colgado su alegría y habían compartido sus tristezas, lanzándolas al olvido para recuperarlas en un instante.

Se levantó de la silla y lo miró lánguida. Él la miró en silencio. Se quedó sentado. No había en su mirada sentimientos, mostraban una frialdad que helaba el ánimo. Ella tampoco dijo una palabra y se marchó. Sabía bien lo que tendría que hacer.

Se había quedado sola. Se fue a casa, entró en su habitación y se desvistió. Acarició su vientre y se imaginó la criatura que se estaba formando en su interior. Sintió una calidez que le trajo la paz al alma. ¡Había tomado la decisión correcta! Ya no habría por un tiempo, soledades. Habría entrega y motivación. Habría compañía, risas, lágrimas infantiles. Él no había querido compartir esa vida llena de retos a su lado. ¿Tendría miedo o simplemente, era irresponsable? ¡Ya no importaba! Este regalo era de ella y ella haría honor a tal obsequio

Tomó una ducha. Se vistió nuevamente. Recogió sus cosas que apenas ocuparon una maleta. Abrió la puerta de la calle y dejó la llave en la mesa de entrada. No miró atrás, sólo vió la calle con las luces de farolas. Le pareció que la noche era extraordinaria. Caminó hasta el coche, guardó su maleta y condujo fuera de la ciudad, hacia otro mundo, hacia el futuro, hacia la libertad de ser ella misma, con sus propias decisiones a cuestas y con la felicidad de escoger la vida que quería llevar.

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