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sábado, 19 de enero de 2008

Demasiado poco...

Lo miró a los ojos. Sus miradas se cruzaron y él le preguntó:

- ¿Cuánto durará esto?

Ella no respondió. Simplemente lo acercó a su cuerpo y lo besó largamente hasta perder el aliento.

Se miraron nuevamente. En ese instante ambos entendieron que la vida era demasiado frágil, demasiado corta y ellos habían sido demasiado prepotentes para entenderlo. Ahora debían pagar por ello.

¿Quién lo diría? Se habían conocido hace dos años y había sido amor a primera vista, si es que eso existe. Se habían mudado juntos y planificaron actividades hasta agotar las horas vacías. Cada uno dedicó a su trabajo e intereses mucho tiempo, postergando vacaciones, disfrutando de los escasos momentos que podían compartir… ¡Ya vendrían los hijos! ¡Ya vendría aquel paseo a París para una luna de miel de novela! ¡Ya vendría el mejor momento para ir aquel spa a disfrutar de tranquilidad y relajamiento!

Un buen día, él despertó con un gran dolor en uno de sus brazos. Había levantado algunas cajas el día anterior. ¡No estaba acostumbrado a esfuerzos tan intensos! Era hombre de ejercicio mental y de trote los fines de semana. Le pidió a ella que le masajeara el brazo con una crema para el dolor muscular, pero ella estaba tan apresurada porque iba tarde a su trabajo…

- Cariño, lo siento. Tú puedes darte la crema. Nos vemos luego

Salió por la puerta de casa y él se quedó sólo. Prefirió tomar un calmante, era más rápido y seguramente más efectivo. Pero lamentablemente el dolor continuó durante varios días y ya en el fin de semana siguiente, ella lo llevó a urgencias porque el dolor era insoportable. Le inyectaron calmantes en la vena y le hicieron algunos exámenes. Ella esperaba junto a él. De pronto, los médicos decidieron practicar nuevos exámenes y al final del día, le comunicaron que debían operar pues sospechaban que el dolor era reflejo de un problema en un órgano interno. Se preocuparon, hicieron las preguntas pertinentes y al final, lo prepararon para la operación. Ella fue a casa, buscó pijamas y algunas cosas que él necesitaría. Esto pasará y pronto estará de vuelta a casa.

La operación duró horas. Ella esperó y al fin cuando todo acabó, se enteró de la gran verdad. ¡No había nada que hacer! Las probabilidades de superar tal enfermedad eran casi nulas, así que lo mejor que podían hacer según los médicos, era poner sus cosas en orden y morir en casa.

Ella se quedó de pie, asimilando la información. ¡Morir en casa! ¿Qué podía significar aquello? ¿Poner las cosas en orden? ¿Qué cosas? ¿Los paseos no hechos? ¿El spa no visitado? ¿La luna de miel en Paris?

Salió al jardín del hospital y caminó, lloró, lloró algunas lágrimas, no muchas. ¡Estaba seca! Seca como las hojas de otoño, cayó del árbol de la felicidad y ahora el viento la llevaba rumbo a lo desconocido. ¿Cómo se lo diría? ¿Cómo enfrentarían aquello?

Entró nuevamente al hospital y se fue a la habitación, el doctor estaba saliendo y la miró dándole una mirada de comprensión. ¡Ya lo sabía! Ella entró.

Lo miró a los ojos. Sus miradas se cruzaron y él le preguntó:

- ¿Cuánto durará esto?

Ella no respondió. Simplemente lo acercó a su cuerpo y lo besó largamente hasta perder el aliento.

1 comentario:

___ dijo...

Hola mama!! jejeje me encanta la historia!! sigue asi, que tienes sangre de escritora!! si es que de verdad, ahora que me pongo a pensar, de toda la vida has escrito unos cuentos maravillosos,espero que nunca cambies!!

TKM!!

Mary Gaby.